
“Si el fascismo llega a América, vendrá en nombre del liberalismo.” La frase atribuida a Ronald Reagan —hoy tan vigente para Occidente— formuló una advertencia que parece manifestarse como un patrón crecientemente observable: la legitimación de nuevas formas de autoritarismo mediante el lenguaje de la justicia, el multiculturalismo, la inclusión y la liberación. El peligro no siempre irrumpe con botas y uniformes; con frecuencia se infiltra revestido de superioridad moral, consignas incuestionables y causas presentadas como inherentemente virtuosas que desactivan la crítica.
Las recientes elecciones primarias demócratas en Nueva York muestran que este debate ha dejado de ser exclusivamente académico. La victoria de Zohran Mamdani en la contienda por la alcaldía no fue un hecho aislado. Candidatos respaldados por él también obtuvieron triunfos en distintas elecciones locales frente a representantes del establishment demócrata. En conjunto, estos resultados evidencian la consolidación de una corriente política capaz de disputar el rumbo ideológico del Partido Demócrata y perfilarse como el principal contrapeso al movimiento MAGA.
Reducir este fenómeno a la política estadounidense sería un error. Tendencias similares pueden observarse en el Reino Unido y otras democracias occidentales, donde esta convergencia ha comenzado a transformar el debate público, las universidades, los medios de comunicación y, progresivamente, la representación política.
En este contexto cobra relevancia lo que diversos analistas denominan la alianza roja-verde: la convergencia entre sectores de la izquierda radical, el activismo identitario y el islamismo político. No se trata de una alianza basada en valores compartidos, sino en objetivos tácticos. De hecho, muchos de los principios que la izquierda progresista afirma defender —igualdad entre hombres y mujeres, derechos de las minorías sexuales, libertad de expresión, autonomía individual y secularismo— son incompatibles con postulados centrales del islamismo político.
¿Qué explica entonces esta convergencia? La existencia de un adversario común. Para ambos, Occidente —particularmente Estados Unidos, Europa e Israel— representa el origen de fenómenos como el imperialismo, el colonialismo, el racismo, el capitalismo y la opresión. Esa narrativa reduce conflictos complejos a una lógica binaria simplista entre opresores y oprimidos, donde la condición de víctima otorga legitimidad política casi automática.
La interseccionalidad ha servido como lenguaje común de esa convergencia. Al agrupar bajo una misma categoría de opresión a colectivos con reivindicaciones muy distintas, termina diluyendo profundas diferencias ideológicas. El resultado es una coalición donde la identidad política pesa más que los proyectos de sociedad que cada uno de sus integrantes propone.
Desde esa lógica, parte de la izquierda radical ha desarrollado un automatismo político: todo actor enfrentado a Occidente merece respaldo, independientemente de la naturaleza de su proyecto. El análisis sobre libertades, democracia o derechos humanos queda relegado frente al valor estratégico de oponerse al orden occidental. La coherencia ideológica deja de ser prioritaria cuando el antagonismo se convierte en el principal criterio de legitimidad.
La paradoja es evidente. Mientras sectores progresistas presentan esta convergencia como una expresión de solidaridad internacional, buena parte de los movimientos islamistas consideran incompatibles esos mismos valores con su proyecto político. Allí donde el islamismo político ha consolidado el poder, el resultado ha sido consistente: restricción de libertades religiosas y civiles, subordinación de la mujer, persecución de la disidencia, censura y concentración del poder bajo legitimación religiosa, en algunos casos mediante la incorporación de la Sharia como marco jurídico. Por lo tanto, no existe evidencia de que estos modelos sean compatibles con el liberalismo democrático.
Lo verdaderamente novedoso no es su expansión geográfica, sino el cambio en su naturaleza. Esta convergencia ha dejado de limitarse al activismo, las universidades o al debate cultural para empezar a proyectarse en el terreno institucional. Las recientes contiendas locales en Estados Unidos muestran el tránsito de influencia ideológica a presencia política organizada. La alianza roja-verde deja así de ser únicamente un fenómeno cultural para adquirir una dimensión política con implicaciones geopolíticas.
Este fenómeno tampoco puede entenderse sin el papel desempeñado por determinadas instituciones académicas y culturales. Durante las últimas décadas, numerosas universidades occidentales —especialmente en Estados Unidos y el Reino Unido— han incorporado marcos de análisis como la teoría crítica de la raza y los estudios poscoloniales, estructurados en categorías de opresores y oprimidos. En ese contexto, el conflicto entre Occidente y el islamismo político suele interpretarse prioritariamente como una relación de dominación colonial, relegando a un segundo plano el carácter autoritario, teocrático y antiliberal de muchos de estos movimientos.
Según datos publicados por el Departamento de Educación de Estados Unidos, durante 2025 las universidades estadounidenses reportaron más de 5,200 millones de dólares en regalos y contratos provenientes del extranjero. Qatar encabezó la lista con más de 1,100 millones de dólares, mientras Arabia Saudita superó los 285 millones. Estos flujos no prueban por sí mismos un control ideológico de las universidades. Sin embargo, evidencian una estrategia sostenida de proyección de influencia (soft power) mediante inversiones masivas en instituciones que forman buena parte de las élites políticas, económicas y culturales de Occidente. La cuestión relevante no es únicamente quién financia, sino qué capacidad tiene ese financiamiento para moldear agendas, prioridades académicas y marcos de interpretación del debate público.
En ese mismo contexto debe entenderse la influencia de organizaciones vinculadas al islamismo político, particularmente la Hermandad Musulmana, fundada en 1928 con el propósito explícito de convertir al islam en un marco integral de organización política y social. Su estrategia no ha descansado exclusivamente en la acción partidista, sino en la construcción de redes educativas, religiosas, comunitarias y asociativas orientadas a formar élites, generar influencia cultural e introducir gradualmente determinados marcos de interpretación en las sociedades donde opera.
Esta lógica de alianzas tácticas y construcción progresiva de influencia no es nueva en la historia de los movimientos políticos de corte islamista o revolucionario. La historia ofrece un precedente ilustrativo. La Revolución Islámica de Irán no fue obra exclusiva del ayatolá Jomeini. En su fase inicial confluyeron liberales, nacionalistas y marxistas unidos por un objetivo común: derrocar al Sha. Una vez consolidado el nuevo régimen, muchos de aquellos aliados fueron perseguidos, encarcelados o ejecutados. La alianza había cumplido su propósito y dejó de ser necesaria.
Ese antecedente ilustra una característica recurrente de este tipo de convergencias: no descansan sobre principios compartidos, sino sobre objetivos tácticos. Funcionan mientras existe un enemigo común; una vez alcanzado el poder, las diferencias ideológicas reaparecen y la coalición deja de ser útil.
No se trata de una lógica exclusiva de Irán. Diversos dirigentes de inspiración islamista han expresado una visión similar sobre el carácter instrumental de la democracia. Recep Tayyip Erdoğan la sintetizó con una frase célebre: “La democracia es como un tranvía: uno se sube hasta llegar a su destino y luego se baja.” Más allá de la literalidad de la cita, la idea refleja una concepción según la cual las instituciones democráticas constituyen un medio para acceder al poder, no necesariamente un fin que deba preservarse.
Por ello, la alianza roja-verde debe entenderse como una auténtica quinta columna: una convergencia que aprovecha las libertades de las democracias liberales para erosionar desde dentro los principios e instituciones que las sostienen. Su objetivo no consiste únicamente en influir sobre determinadas políticas públicas, sino en socavar y transformar gradualmente los fundamentos culturales e institucionales del orden liberal.
Las recientes victorias electorales de candidatos vinculados a este espacio ideológico no significan que el desenlace esté escrito ni que Occidente enfrente un destino inevitable. Sí evidencian, sin embargo, que esta corriente ha dejado de ser marginal y ha comenzado a disputar espacios reales de poder. Ignorar esa transformación sería un peligroso error estratégico.
La principal fortaleza de las democracias liberales es su apertura. Su principal vulnerabilidad también. Cuando actores que conciben la democracia únicamente como un medio para alcanzar el poder utilizan esas mismas libertades para transformar gradualmente el sistema desde dentro, la amenaza deja de ser electoral y se convierte en estructural. Los mecanismos democráticos pueden utilizarse para erosionar la propia democracia cuando quienes acceden al poder no la conciben como un fin, sino como un instrumento para sustituir el orden liberal por otro incompatible con la libertad individual, la igualdad ante la ley, la separación entre religión y Estado y la libertad de expresión.
Licenciada en Derecho por la Universidad Iberoamericana, especialista en Gestión de Proyectos por la Universidad de Georgetown y Maestra en Derecho por la Universidad de Harvard, donde fue becaria de mérito e Investigadora Invitada. Es fundadora de la firma de gestión de proyectos internacionales y comunicación estratégica Synergies Creator. En el ámbito mediático, ha sido creadora de contenidos, presentadora y analista de política internacional en medios nacionales e internacionales, participando recientemente en Univisión Chicago durante las elecciones presidenciales de EE.UU. en 2024. Ha recibido reconocimientos nacionales como el Premio al Mérito de la Mujer Mexicana 2025 (ANHG-UNAM), además de distinciones de la Academia Nacional de Perspectiva de Género y de la Legión de Honor Nacional de México. Representó al sector privado en reuniones del G20 (India, 2023) y fue seleccionada por el Grupo Santander como una de 50 mujeres de altos mandos para integrarse al Programa de Liderazgo SW50 con pasantía en la London School of Economics (2024). Es Asesora Senior del Global Policy Institute en Washington, D.C.; miembro de la Legión de Honor Mexicana, Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia y Geografía, y Dama Distinguida de la Ilustrísima Orden de San Patricio. Es políglota, conferencista y autora de varias publicaciones.



