Dos elecciones, una frontera: el costo de las elecciones que vienen

Eje Global

Cada vez importa más que México y Estados Unidos comprendan la geografía que comparten. El mundo sigue organizado en buena medida alrededor del poder económico y político estadounidense, pero ya asoman otros bloques que compiten por ese lugar. En ese tablero, compartir más de tres mil kilómetros de frontera dejó de ser un asunto de vecindad: es una condición geopolítica para los dos.

A eso se suma el calendario electoral. El 3 de noviembre de 2026, Estados Unidos renovará los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 del Senado. Siete meses más tarde, el 6 de junio de 2027, México celebrará la jornada electoral más grande de su historia reciente: las 500 diputaciones federales, 17 gubernaturas, 31 congresos locales y más de mil 800 ayuntamientos, con elecciones concurrentes en las 32 entidades. Ambos gobiernos llegan con la misma vulnerabilidad: las elecciones intermedias suelen castigar al partido en el poder, y las mayorías amplias —las que permiten gobernar sin negociar— son las primeras en perderse.

De ahí se desprenden dos caminos. Si ambos gobiernos conservan sus mayorías, la relación ganará previsibilidad y perderá contrapesos: todo avanzaría rápido y se discutiría poco. Si las pierden, ocurre lo contrario. Un Congreso estadounidense dividido volvería cuesta arriba cualquier extensión del T-MEC que requiera aprobación legislativa, y un México sin mayoría calificada tendría que negociar el presupuesto y cada reforma. La relación sería más lenta y ruidosa, pero también más institucional.

Existe, además, un costo que ninguna de las dos capitales quiere admitir. En campaña, el vecino es un recurso barato. En Estados Unidos, el narcotráfico y la migración funcionan como argumento de orden: cárteles, fentanilo, frontera, presión sobre México. En México, la respuesta obligada es la defensa de la soberanía: ninguna intervención, ninguna imposición, ninguna condición. Ambos discursos son eficaces porque hablan a electorados distintos y ninguno paga el costo interno por usarlos. El problema es que se pronuncian al mismo tiempo, sobre la misma frontera y con los mismos expedientes abiertos. Entre noviembre de 2026 y junio de 2027 habrá, previsiblemente, meses de desgaste: declaraciones duras, cooperación enfriada y negociaciones que avanzan en privado mientras en público se endurecen. No es ruptura; es el precio que dos democracias vecinas pagan por celebrar elecciones casi en simultáneo. Pero conviene detenerse en el argumento mexicano, porque ahí se esconde algo más profundo que una estrategia de campaña.

La defensa de la soberanía no es sólo retórica electoral: tiene sustento constitucional. La Constitución encomienda al Estado mexicano la rectoría del desarrollo nacional y reserva al Ejecutivo la conducción de la política exterior. El problema es que la soberanía jurídica no cancela la interdependencia. Y ésta opera en dos planos. El económico es medible: de acuerdo con el INEGI entre enero y junio de 2026, las exportaciones mexicanas sumaron 389,723 millones de dólares, 24.6 por ciento más que el año anterior, y el 84 por ciento de las no petroleras tuvo un solo destino. La dependencia, además, no es de un lado: México es desde hace cuatro años el principal socio comercial de Estados Unidos y hoy representa cerca de 17 por ciento de sus importaciones con base en datos del U.S. Census Bureau. El plano político es más difícil de cuantificar, pero igual de real: Washington necesita la contención migratoria y la cooperación en seguridad que sólo México puede ofrecer, y México necesita que esa cooperación no se convierta en condición ni en pretexto de intervención. Cada gobierno depende, en buena medida, de lo que el otro haga con su propia agenda interna. Ésa es la paradoja de la década, y explica por qué el discurso de campaña suena más firme que la negociación real: la Constitución conserva formalmente las decisiones, mientras la geopolítica condiciona cada vez más las alternativas. Conviene decirlo sin épica: ninguna elección, aquí o allá, va a resolver esa tensión.

Queda lo que conviene decir con honestidad. El calendario no es simétrico: Estados Unidos define y México responde, y esa asimetría no se corrige con discursos sino con anticipación. La incertidumbre tampoco se agota en noviembre ni en junio. No es una tormenta que pase, es el clima de los próximos años, y habrá que aprender a entenderlo y trabajar con eso. Lo demás depende de las posturas en la política interna. El margen de México no se ganará en la tribuna ni en los aplausos de campaña, sino en el trabajo poco vistoso de quienes negocian con datos, de instituciones que resistan más allá de un sexenio y de una clase política capaz de distinguir entre defender al país integrándose a la región y usarlo como argumento. Ésa es la diferencia entre administrar la vecindad y padecerla.

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Abogado constitucionalista con una trayectoria consolidada en el análisis, diseño y operación de procesos político-electorales y estructuras institucionales en México. Maestro en Derecho Constitucional y actualmente doctorante en la materia por la Universidad de Guadalajara, cuenta con estudios internacionales de filosofia del derecho, gobernanza, ciudades sostenibles y combate a la corrupción.

Fue Consejero Electoral en el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana del Estado de Jalisco, asesor legislativo en el Congreso de la Unión y el Instituto Federal Electoral. Participó a nivel nacional y local en diversas tareas en materia electoral y campañas para el Partido Revolucionario Institucional participando directamente en la organización electoral, diseño normativo y estrategia institucional.
En el sector privado, se desempeña como consultor en asuntos públicos, especializado en derecho constitucional y administrativo, campañas electorales, comunicación política y análisis de riesgo regulatorio. Ha colaborado con firmas como Zimat Golin Harris.