El peligro de frenar la inteligencia artificial

Eje Global

La inteligencia artificial ha entrado en una etapa paradójica. Mientras comienza a mostrar efectos económicos concretos en productividad, inversión, creación de empresas y demanda de nuevas habilidades laborales, algunas de las personas que encabezan su desarrollo están pidiendo reducir la velocidad.

Dario Amodei, CEO de Anthropic, ha planteado desacelerar el avance de los modelos de frontera ante riesgos que considera potencialmente graves. Sam Altman, CEO de OpenAI, y Elon Musk, fundador de xAI, han respaldado las preocupaciones sobre la velocidad con la que está avanzando esta tecnología.

Donald Trump piensa distinto. Frente a estas advertencias señaló que Estados Unidos debe mantener su ventaja sobre China porque “quien gane en IA, gana”. Del otro lado del Pacífico, Xi Jinping tampoco parece interesado en pisar el freno. China impulsa su estrategia “AI+”, orientada precisamente a acelerar la incorporación de inteligencia artificial en ciencia, industria, consumo, bienestar social y gobernanza.

En este debate me encuentro más cerca de Trump y Xi Jinping.

La razón es económica, pero también parte de una determinada concepción del progreso. Las grandes transformaciones tecnológicas difícilmente pueden desarrollarse si cada innovación debe demostrar anticipadamente que está libre de riesgos. La experimentación, el emprendimiento y la competencia requieren márgenes de libertad. Regular preventivamente aquello que todavía está evolucionando puede terminar restringiendo precisamente los descubrimientos que desconocemos.

La evidencia económica comienza a ser relevante. De acuerdo con el AI Index Report 2026 de Stanford University, la inversión privada en inteligencia artificial alcanzó en Estados Unidos los 285,900 millones de dólares durante 2025, 23.1 veces la registrada en China. Estados Unidos contabilizó además 1,953 nuevas empresas de IA financiadas durante ese año, frente a 161 en China.

¿Qué quiere decir esto? Que estamos frente a una nueva industria, no simplemente ante una herramienta informática. Alrededor de la IA están apareciendo empresas, capital, infraestructura, nuevos modelos de negocio y una creciente demanda de trabajadores con capacidades diferentes.

China ofrece otra dimensión del mismo fenómeno. De acuerdo con la Academia China de Tecnología de la Información y las Comunicaciones, su industria de inteligencia artificial superó los 176,700 millones de dólares en 2025, con un crecimiento anual de 40 %. Para junio de 2026 el país contaba ya con más de 6,600 empresas de IA.

No es casualidad. La estrategia AI+ del gobierno chino pretende llevar la inteligencia artificial transversalmente hacia la economía y establece como objetivo que la penetración de terminales inteligentes de nueva generación y agentes de IA supere el 70 % para 2027 y el 90 % para 2030. China entiende la IA no sólo como una tecnología, sino como un nuevo componente de su estructura productiva.

También comienza a observarse su relación con la productividad. El Barómetro Global de la IA en el Empleo 2026 de PwC, construido a partir del análisis de más de mil millones de ofertas laborales en 27 países y territorios, encontró que el crecimiento de la productividad es 40 % mayor en las empresas más expuestas a inteligencia artificial. Más significativo todavía, estas empresas registraron un crecimiento de sus plantillas de 52 %, frente a 36 % en las menos expuestas.

Esto obliga a revisar la narrativa de una inevitable destrucción masiva del empleo. No demuestra que la IA no desplazará determinados puestos de trabajo —seguramente lo hará—, pero tampoco respalda la idea de que automatización sea sinónimo de desaparición generalizada del empleo.

En México tenemos una señal interesante. De acuerdo con PwC, las ofertas laborales que exigían habilidades relacionadas con inteligencia artificial pasaron de 33 mil en 2024 a 68 mil durante 2025. Todavía representan apenas 1.7 % de las ofertas analizadas en el país, pero prácticamente se duplicaron en un año.

Existe además un beneficio menos visible: el tiempo. Un estudio publicado en 2026 por Rachel Yuting Fan y Ha Minh Nguyen, investigadores del Fondo Monetario Internacional, estimó que el valor equivalente del costo laboral del tiempo actualmente ahorrado mediante inteligencia artificial alcanza 2.7 billones de dólares anuales, alrededor del 3.4 % del PIB de los 86 países estudiados. No significa que la IA haya generado esa cantidad adicional de PIB, pero ofrece una aproximación de la magnitud económica del tiempo que esta tecnología ya permite ahorrar.

Ante estos datos, la discusión no debería comenzar preguntando cuánto debemos limitar la inteligencia artificial, sino qué podemos hacer para facilitar que más personas y empresas aprovechen sus beneficios.

La sobrerregulación puede convertirse precisamente en un obstáculo. Cada nueva obligación de cumplimiento implica costos. Las grandes tecnológicas pueden contratar abogados, especialistas y estructuras completas para absorberlos. Una startup difícilmente cuenta con esos recursos. Paradójicamente, una regulación diseñada para controlar a los gigantes tecnológicos puede terminar levantando barreras de entrada que los protejan de nuevos competidores.

Existe además un problema económico más profundo: el costo de oportunidad. Cuando una regulación impide una actividad podemos observar aquello que pretende evitar, pero difícilmente podemos contabilizar las empresas que dejaron de fundarse, las tecnologías que no fueron desarrolladas o los aumentos de productividad que nunca ocurrieron. La innovación que una regulación evita es, por definición, difícil de medir.

Hay también una dimensión geopolítica imposible de ignorar. China está acelerando deliberadamente la incorporación de IA a su economía. Pretender que Estados Unidos reduzca unilateralmente su velocidad mientras su principal competidor tecnológico continúa avanzando resulta difícil de sostener. Trump lo ha expresado sin demasiados matices, pero el problema estratégico que plantea es real.

El progreso tecnológico nunca ha estado libre de incertidumbre. La máquina de vapor, la electricidad, el automóvil, internet y los teléfonos inteligentes transformaron actividades económicas y desplazaron algunas ocupaciones mientras creaban otras que anteriormente ni siquiera existían.

La inteligencia artificial probablemente hará lo mismo, pero a una escala considerablemente mayor.

Por eso coincido con Trump y Xi Jinping en una cuestión fundamental: frenar no es la respuesta. Una economía dinámica necesita permitir que empresas, científicos, emprendedores y trabajadores experimenten, compitan e innoven. No se trata de afirmar que cualquier uso de la IA deba quedar exento de responsabilidades. Se trata de evitar que riesgos potenciales se conviertan en el argumento para imponer restricciones preventivas generalizadas a toda una industria.

No debemos desincentivar el desarrollo de la industria de la inteligencia artificial. Porque el costo de hacerlo también existe: menos inversión, menos empresas, menor competencia, empleos que nunca serán creados e innovaciones que quizá nunca lleguemos a conocer. Pero también significaría renunciar a mayores niveles de eficiencia y productividad, dos condiciones fundamentales para elevar la competitividad de las empresas, impulsar el crecimiento económico y generar mayor creación de riqueza en los países.

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Director General at  | ceo@ejeglobal.com | Website |  + posts

Consultor y analista data-driven. Egresado de la licenciatura en Ciencias Políticas por la Universidad de Los Andes (Venezuela), del Máster en Gestión Pública de la Universidad Complutense de Madrid (España) y de la Maestría en Política y Gestión Pública del ITESO (México). Actualmente es Presidente del Center for Strategic Management & Leadership (Miami,Fl.), Director General de la agencia mexicana P&G Consulting y CEO de la revista Eje Global (Miami,Fl.).