
Panamá enfrenta una encrucijada estratégica en su modelo de desarrollo. Durante más de un siglo, el país construye su ventaja competitiva conectando al mundo: el Canal une océanos, los puertos integran cadenas de suministro, el Aeropuerto Internacional de Tocumen conecta mercados, el centro financiero moviliza capitales y la Zona Libre de Colón acerca productores y consumidores.
La presentación, el pasado 30 de julio, de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial 2026-2036 y la Estrategia de Microelectrónica y Semiconductores —enmarcadas en la Agenda Nacional de Tecnologías Avanzadas del gobierno de José Raúl Mulino— busca trasladar esa función histórica de intermediación desde el espacio físico hacia el digital. La aspiración es evolucionar de un hub logístico y financiero a un nodo global de datos, servicios tecnológicos, inteligencia artificial (IA), ciberseguridad y conocimiento.
La tesis resulta atractiva, ya que, si el Canal físico convirtió a Panamá en un pilar del comercio marítimo, el «Canal Digital» pretende posicionarlo en los flujos cognitivos y tecnológicos del siglo XXI. El éxito de esta visión no dependerá de las ambiciosas metas plasmadas en documentos, sino de la capacidad institucional, científica, financiera y humana del país para ejecutar una verdadera transformación estructural.
Cierto es que el modelo económico panameño se ha fundamentado en actividades de intermediación: transportar, almacenar, financiar y facilitar. Su fortaleza histórica radica en la posición geográfica y en la infraestructura pública y privada desplegada para aprovecharla.
La economía digital introduce una oportunidad: capturar valor no solo por trasladar mercancías, sino por procesar información, gestionar datos, desarrollar software y exportar servicios intensivos en conocimiento. La IA nos ofrece la oportunidad de digitalizar y sofisticar los activos que el país ya posee. El objetivo estratégico no debe ser sustituir el Canal físico, sino articular una sinergia en la que ambos se potencien.
Tanto la CEPAL como el PNUD destacan que esta plataforma física y operativa otorga a Panamá una posición de salida ventajosa para migrar hacia servicios modernos. No obstante, ambos organismos advierten que estas ventajas no se han traducido automáticamente en una economía basada en el conocimiento. Panamá ostenta activos físicos de un país avanzado, pero mantiene un déficit severo en activos intangibles. Y he ahí donde radica el problema.
La brecha del conocimiento
La principal contradicción del modelo reside en que Panamá pretende dar un salto cualitativo hacia la IA sin haber completado la transición básica hacia la economía del conocimiento. Aunque las nuevas estrategias reconocen el valor del talento, los datos y la innovación, el país arrastra debilidades históricas estructurales, como la baja inversión en I+D, que se ha situado históricamente entre el 0.13 % y el 0.25 % del PIB, un porcentaje inferior a la media regional. Tenemos un bajo número de investigadores, ingenieros y científicos especializados, una débil vinculación entre las universidades y el sector productivo, una escasa innovación local y una centralización de infraestructuras y capacidades en la región metropolitana.
Es indispensable no confundir digitalización con desarrollo tecnológico. Adquirir servidores, instalar centros de datos, contratar software extranjero o atraer multinacionales no transforma a Panamá en una economía del conocimiento; simplemente lo convierte en un consumidor tecnológico avanzado. El verdadero salto estructural ocurre cuando el país comienza a investigar, patentar, desarrollar y exportar soluciones propias.
Existe un escenario factible en el que Panamá atraiga multinacionales de nube, proveedores de IA y firmas de semiconductores. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que la mayor parte de la propiedad intelectual, los puestos de investigación avanzada, las decisiones estratégicas y las ganancias financieras permanecen en las casas matrices fuera del país.
El desafío sería evolucionar de un territorio donde las empresas tecnológicas operan a un ecosistema donde la tecnología también se crea.
Respecto a la Estrategia Nacional de Microelectrónica y Semiconductores, el país debe evitar interpretaciones irreales. Panamá no puede ni debe competir en la fabricación pesada de chips avanzados (foundries) frente a potencias como Taiwán, Corea del Sur, Estados Unidos o China.
Su incorporación a la iniciativa Pax Silica —alianza promovida por EE. UU. junto con socios como Japón, Países Bajos, Alemania y Reino Unido para asegurar las cadenas de suministro de IA y microelectrónica— debe enfocar a Panamá en los eslabones donde realmente puede desarrollar ventajas competitivas: diseño de circuitos, desarrollo de software, empaquetado y ensamblaje (testing & packaging), logística de componentes, servicios de ciberseguridad e investigación aplicada.
La IA y la microelectrónica son hoy el epicentro de la rivalidad estratégica entre las grandes potencias. Integrarse en redes tecnológicas internacionales atrae inversión, facilita la transferencia de conocimiento y posiciona al país globalmente, pero también conlleva el riesgo de sustituir una antigua dependencia física por una nueva dependencia digital. Para Panamá, la soberanía tecnológica absoluta es inalcanzable, pero el desarrollo de capacidades locales de auditoría, gestión y regulación de sus propios datos es un imperativo categórico.
Gobernanza, talento y cohesión territorial
A lo largo de su historia, Panamá ha diseñado múltiples planes de desarrollo que perdieron tracción al cambiar la administración de gobierno. El principal riesgo de la Estrategia de IA no es su formulación técnica, sino su dilución en el ciclo político.
Con 53 acciones contempladas en esa Estrategia, existe el peligro de dispersar recursos. La Estrategia debe enfocarse en priorizar pocas metas de alto impacto, medir resultados con transparencia y ajustar el rumbo rápidamente. La creación de entidades como el Instituto Nacional de Inteligencia Artificial y Aplicaciones (NIAA) debe evitar la proliferación de burocracias ineficientes; su éxito debe medirse mediante métricas concretas, como, por ejemplo, startups viables, capital privado movilizado, patentes generadas, empleos cualificados creados y exportaciones tecnológicas netas.
La estrategia debe abordar dos desafíos sociales ineludibles: la brecha territorial y la retención de talentos.
El «Canal Digital» no puede convertirse en un proyecto exclusivo de la Ciudad de Panamá. Sin una democratización del acceso a la conectividad y a la educación técnica en provincias y comarcas, se corre el riesgo de consolidar una dualidad social, es decir, una élite hiperconectada y una mayoría excluida.
Las becas de formación son insuficientes si no se crea un entorno que retenga la mano de obra calificada. La política de talento debe articular un ciclo completo: formar, atraer, retener, investigar y emprender. De lo contrario, Panamá terminará financiando la educación de profesionales que emigrarán a economías desarrolladas.
Metas indispensables para 2030
Para evaluar si el «Canal Digital» avanza hacia una transformación real o se queda en la retórica institucional, Panamá deberá responder afirmativamente en 2030 a los siguientes indicadores clave:
- ¿Aumentó significativamente el gasto nacional público y privado en I+D como porcentaje del PIB?
- ¿Creció la cantidad de investigadores, científicos e ingenieros especializados activos?
- ¿Se incrementaron de forma sostenida las exportaciones de servicios digitales y de conocimiento?
- ¿Aumentó la participación de empresas de capital panameño en cadenas tecnológicas internacionales?
- ¿Se registran patentes y desarrollos tecnológicos originales concebidos en Panamá?
- ¿Existen startups tecnológicas panameñas escaladas e internacionalizadas?
- ¿Incrementó la IA la eficiencia operacional de la plataforma logística y del Canal físico?
- ¿Llegaron la infraestructura digital y la formación tecnológica a las provincias y comarcas?
- ¿Se consolidó una política de Estado que trascienda los cambios de gobierno?
- ¿Captura Panamá una proporción creciente del valor económico generado por su ecosistema digital?
Si al llegar al hito de 2030 la respuesta a estos interrogantes es predominantemente negativa, el «Canal Digital» habrá sido únicamente un ejercicio de planificación estratégica inconcluso. Por el contrario, si Panamá logra articular sus activos tradicionales con las exigencias de la economía del conocimiento, habrá consolidado con éxito el segundo gran salto de su historia económica.
Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Panamá. Cuenta con estudios de Maestría en Asuntos del Canal de Panamá y la Industria Marítima Internacional, realizados en el Instituto del Canal de Panamá de la misma universidad.
Ha cursado formación especializada en Políticas Públicas para el mejoramiento de la administración pública, la transparencia y el fortalecimiento institucional del Estado, impartida por la Georgetown University, a través de su Center for Intercultural Education and Development. Asimismo, participó en el Workshop on International Trade Promotion, un seminario-taller sobre promoción del comercio internacional realizado en Taipéi, Taiwán, patrocinado por el International Cooperation and Development Fund.
Realizó estudios sobre el proceso de toma de decisiones en la formulación de la política exterior de los Estados Unidos en la Universidad de Michigan, campus Detroit. Cuenta también con estudios de posgrado en Docencia Superior por la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Panamá.
Se desempeñó como Coordinador de Investigación del Instituto del Canal y Relaciones Internacionales. Actualmente es profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá, donde acumula cerca de 30 años de trayectoria académica.



