
En México, desde el sexenio pasado, la narrativa oficial ha denominado «reformas» a un vasto paquete de modificaciones constitucionales y legales que pretenden una «cuarta transformación de la vida nacional», supuestamente de carácter progresista.
Sin embargo, más allá de la retórica, en la realidad estos cambios constituyen auténticas contrarreformas, al restaurar un régimen de carácter regresivo, dados sus rasgos caudillistas, autoritarios, estatistas, militaristas y populistas, similares a los del sistema político que imperó en México hace un siglo, aunque ahora devenido en un corrupto y violento narcoestado que ha quebrado y ensangrentado al país y que ha comprometido como nunca el interés nacional y la soberanía al entrar en conflicto con Estados Unidos.
A lo largo de la historia, la política restauradora de regímenes anacrónicos ha generado su contrario: revoluciones o cambios bruscos que los sepultan. El caso más famoso es la restauración absolutista europea de 1815, que pretendió dar marcha atrás a las manecillas de la historia, pero que sucumbió, 33 años después, ante las fuerzas de la modernidad.
Esta experiencia reveló también que los restauradores de entonces, como los de ahora, no aprendieron de las lecciones pasadas: las contrarreformas se les pueden revertir, cual bumerán, a quienes las impulsan. Fue el caso de los Estuardo en Inglaterra, siglo y medio antes del Congreso de Viena; es decir, el canciller austriaco Metternich tuvo tiempo de estudiarlo para no tropezar con la misma piedra, pero evidentemente no lo hizo.
Tras la guerra civil y la república de Cromwell, se produjo la restauración de los Estuardo (1660), con Carlos II, quien ya era monarca de Escocia e Irlanda. El nuevo rey de Inglaterra, en la Declaración de Breda, se comprometió, a cambio de ser reconocido como monarca legítimo, a una amnistía general para los enemigos de la monarquía (excepto para quienes participaron directamente en la ejecución de su padre), al respeto al Parlamento y a las libertades religiosas, entre otros puntos.
Al estilo absolutista, Carlos II no dejó de ejercer atribuciones patrimonialistas con la venta a Francia de Dunkerque y Mardyck, la recompensa a nobles ingleses con tierras en Norteamérica, el alquiler de las islas de Bombay y las costosas guerras con diversos reinos. Se restauraron tradiciones y festividades católicas, incluida la Navidad. Asimismo, este monarca, con la Declaración de Indulgencia (1672), pretendió suspender todas las leyes que penalizaban a los católicos y se alió con la Francia católica contra los neerlandeses, al concebir que su rol en la política exterior inglesa era promover los intereses de la monarquía. El Parlamento se opuso tanto a la indulgencia como a la guerra y el rey dio marcha atrás.
Ello mostró el rechazo a una política que buscaba regresar al reino a una era prerreformista (más de un siglo atrás), lo que ocasionó permanentes choques entre el rey y el Parlamento.
Este encono anticatólico incluyó el rumor de una supuesta «conspiración papista que pretendía asesinar al rey» a fin de llevar al trono a su hermano Jacobo, quien era católico y se perfilaba como sucesor ante la falta de descendencia de Carlos. Ante esa posibilidad, el Parlamento intentó aprobar una Ley de Exclusión (para evitar que ascendiera un rey católico), a lo cual Carlos se opuso: disolvió el Parlamento y pudo gobernar al modo absolutista e, incluso, antes de morir se convirtió al catolicismo. Lo sucedió su hermano como Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia en 1685.
El reinado de Jacobo estuvo caracterizado por las tensiones y los conflictos. Sofocó sangrientamente la rebelión de James Scott, duque de Monmouth, hijo ilegítimo de Carlos II, quien se autoproclamó rey. Se enemistó con los manufactureros al privilegiar con exenciones fiscales a los terratenientes. Pero fue su política restauradora del poder católico la que provocó la «Revolución Gloriosa» y la caída del monarca.
Resulta que Jacobo violó las leyes inglesas al adjudicar graduaciones militares y navales a los católicos y obligar a los protestantes universitarios de Oxford a aceptarlos; estos, al rechazar tal medida, perdieron sus cargos e, incluso, Jacobo convirtió el college en un seminario católico. El monarca anuló las Test Acts, que obligaban a los funcionarios a practicar el anglicanismo, y las leyes penales que castigaban a quienes oficiaran y practicaran religiones distintas de la oficial. Ante el rechazo parlamentario a dicha anulación, el rey disolvió el Parlamento y promulgó una nueva Declaración de Indulgencia, además de pretender que los obispos anglicanos la leyeran desde los púlpitos. Siete de ellos, que se negaron a hacerlo, fueron sometidos a juicio, acusados de sedición.
Aunque los obispos fueron absueltos, la tensión no dejó de aumentar, especialmente cuando se dio a conocer el nacimiento de un descendiente de Jacobo (1688) y, con ello, el riesgo de que se estableciera una dinastía católica en la isla. Estos hechos fueron el detonante de una revolución parlamentaria y protestante. Guillermo III de Orange fue invitado a sustituir a Jacobo, quien huyó ante la revuelta, con la encomienda de reivindicar las libertades políticas y civiles inglesas, la monarquía moderada y el Parlamento, y asegurar que el reino nunca sería gobernado por un católico. Así, la política restauradora de los Estuardo se les revirtió, cual bumerán, y derivó en una revolución que marcó el destino inglés para siempre.
Ahora, en México, las contrarreformas populistas sepultaron la república liberal, democrática, representativa y soberana y, lejos de ser una transformación progresista, restauraron el Antiguo Régimen.
Pero en el «pecado llevaron la penitencia»: la refundada presidencia imperial puede servir para el propósito contrario al pretendido por los restauradores actuales, ya que, con las mismas facultades constitucionales y legales dadas al Ejecutivo Federal, se echarían abajo las contrarreformas y se podría refundar la república democrática por la vía política, electoral, golpista, revolucionaria o por un camino inédito como el experimentado este año en Venezuela.
Históricamente, el bumerán no ha fallado.
Catedrático universitario, analista político y escritor. Doctor en Estudios latinoamericanos, experto en temas de historia de México y América Latina, de política internacional, socialdemocracia y populismo. Autor de 10 libros, los últimos Orígenes del pensamiento político en México, Pensamiento Político Socialdemócrata I, y La izquierda ante la historia nacional. Ha sido Columnista del Excélsior, y de la revista Capital Político, entre otras publicaciones. Fundador del Partido Socialdemócrata y Secretario de Ideología por ese partido.



