
Hace dos años, hacer un flyer decente para tu negocio requería, al menos, saber usar Canva o pagar a alguien que supiera de diseño. Hoy escribes una frase en una herramienta de IA y, en segundos, tienes una imagen lista para publicar. Esa facilidad cambió por completo el paisaje visual que consumimos todos los días.
Estas herramientas abrieron una puerta enorme. Un puesto de tacos, una tienda de ropa de segunda mano o un negocio familiar que jamás habría pagado a un diseñador ahora puede generar su propia publicidad. Más gente compite, más ideas circulan y más pequeños negocios tienen presencia visual.
Pero esa misma facilidad trajo una avalancha de contenido visualmente inconsistente: tipografías que no combinan, degradados exagerados, manos con dedos de más, textos borrosos o mal alineados y composiciones sin jerarquía visual. Lo que antes filtraba el ojo entrenado de un diseñador ahora simplemente no existe como filtro. La IA no tiene gusto propio. Refleja el prompt que recibió y las decisiones de quien lo escribió, muchas veces sin experiencia en diseño.
El resultado es que estamos normalizando los gráficos de mala calidad en redes sociales, en grupos de WhatsApp y en la publicidad de la esquina. Ya no sorprende encontrar un flyer con una IA mal aplicada. Empieza a ser parte del paisaje.
De ahí nació un fenómeno curioso. Una parte del público empieza a castigar activamente a los negocios cuyo uso de IA es evidente. «Si usaron inteligencia artificial para su publicidad, no les voy a comprar» es una frase que cada vez se escucha más, sobre todo entre consumidores jóvenes que han desarrollado un ojo crítico para detectar estas piezas.
La lógica detrás de esa reacción no es solo estética. Para muchos, un flyer mal hecho con IA transmite falta de cuidado, de inversión y de autenticidad. Es una señal de que el negocio no se está tomando en serio a sí mismo, aunque no siempre sea justo.
Ahí aparece una paradoja. Mientras una parte del público condena lo obvio, hay una cantidad creciente de negocios y marcas mucho más grandes que utilizan las mismas herramientas de forma sofisticada, con retoque, curaduría y dirección de arte profesional. Y ese uso pasa completamente desapercibido.
La diferencia ya no está en si se usa o no inteligencia artificial. Está en quién sabe integrarla adecuadamente y quién no tiene las herramientas, el tiempo o el conocimiento para hacerlo.
Esto plantea una pregunta incómoda: ¿estamos juzgando el uso de IA en sí o estamos juzgando la falta de habilidad para usarla bien? Porque, si es lo segundo, el estigma no está cayendo sobre la tecnología. Está cayendo sobre la brecha de recursos y conocimiento entre quien puede pulir un resultado y quien solo tiene tiempo para generar y publicar.
Lo que estamos presenciando es la formación de un nuevo criterio de alfabetización visual. Antes distinguíamos entre diseño profesional y diseño amateur. Ahora la línea se traza entre IA bien dirigida e IA sin dirección alguna.
Mientras esa distinción se vuelve más nítida para el ojo del consumidor, los negocios tendrán que decidir si invierten en aprender a usar estas herramientas con criterio o si asumen el riesgo de que su descuido se convierta en su tarjeta de presentación.
Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación por el ITESO (México). Cuenta con más de 8 años de experiencia en marketing digital, especializado en gestión de redes sociales, edición de video y estrategias de contenido. Ha participado en varias campañas electorales. Colabora regularmente en proyectos relacionados con tecnología y comunicación digital.



