
Decía Hannah Arendt, en su teoría de la banalidad del mal, que algunos seres humanos no cometían atrocidades o masacres por ser malos per se o por un odio que los cegaba, sino por la mera obediencia al líder, el respeto a la burocracia y la ausencia de crítica a lo encomendado. Tal es el caso de los militares subordinados de la Segunda Guerra Mundial y, por extensión, de todas las guerras, pero evidentemente ese no es el caso del recientemente fallecido Ratko Mladić.
General durante las fratricidas guerras de los Balcanes que conmovieron a la opinión pública mundial en los años noventa, sobre su espalda carga con las almas de 8 mil personas asesinadas en el más cruento crimen en Europa desde la Segunda Guerra Mundial: Srebrenica… Un episodio de las decenas en las que estuvo implicado, pues ya entonces se le conocía como «el carnicero de Bosnia» por su papel en el asedio a Sarajevo, donde murieron 10 mil personas.
Huérfano desde muy niño, fue criado por su madre al morir su padre, un partisano comunista. Durante la dictadura yugoslava se unió al Ejército y logró ascender debido a su notoria destreza con las armas y a un carisma poco usual entre los militares serbios.
Forjado en el comunismo yugoslavo, Ratko Mladić fue oficial del Ejército Popular de Yugoslavia. A la muerte del líder Josip Broz «Tito» y ante el inclemente auge del separatismo nacionalista en una región multiétnica, se plegó a Slobodan Milošević, otro carnicero de mayor rango como presidente de Serbia, uno de los territorios de Yugoslavia, hoy país, que falleció «de causas naturales» antes de que culminara su juicio.
Ambos creían en la Gran Serbia, una gran nación a la que pertenecían todos los pueblos eslavos y de confesión ortodoxa de los Balcanes. En ese sueño étnico no tenían lugar los bosníacos, los bosnios que adoptaron la fe musulmana tras la invasión otomana siglos atrás, ni tampoco los croatas de fe católica, aunque contra estos no se ensañó tanto como contra los bosníacos. Un mes después de que Bosnia, de mayoría musulmana, declarara su independencia de Yugoslavia, Ratko Mladić inició el asedio a su capital, Sarajevo, el mayor asedio conocido en tiempos modernos. Una población al borde de la inanición, francotiradores disparando desde las montañas y 10 mil muertos regados por la ciudad.
Dos años después, luego de campañas sangrientas contra croatas y bosníacos, su hija Ana se suicidaría con la pistola oficial del general. Perdió entonces la poca cordura que le quedaba por la guerra y se convirtió en el artífice de la peor masacre en la historia balcánica.
En 1995 cercó el pueblo de Srebrenica durante 10 días, en los que arrinconó a la ONU que, en una de sus peores gestiones, pues desde 1993 tenía bajo su mando la custodia de la zona, decidió retirarse, entregando en bandeja a los bosníacos al ejército de Ratko Mladić.
8 mil personas murieron luego de ello. Hombres y niños asesinados sumariamente, mujeres violadas con la consigna de hacer renacer la pureza étnica serbia al obligarlas a tener a los hijos producto de la agresión.
Una masacre que, paradójicamente, condujo al fin de la guerra cuando Estados Unidos y Europa decidieron intervenir militarmente ante el evidente genocidio. Meses después se firmarían los Acuerdos de Dayton, que pusieron fin a la guerra en esa parte de los Balcanes.
Terminada la guerra, sobrevivió como militar, apañado por el gobierno de Milošević hasta su caída en desgracia en 2001. Vivió durante años como prófugo, sabiendo que sus crímenes no podían quedar impunes. Fue capturado un 26 de mayo de 2011, escondido en la casa de su primo en una aldea en la periferia de Belgrado, capital de Serbia, sin dinero, pues no podía cobrar la pensión militar, y con las secuelas de dos derrames cerebrales que le imposibilitaron mover el brazo durante el juicio.
En 2017, el Tribunal Internacional de La Haya, que soportó su majadería, su soberbia y sus gritos, lo condenó a cadena perpetua, acusado de genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. Todo el proceso fue documentado en un filme creado por Henry Singer y Rob Miller: The Trial of Ratko Mladić.
La condena por sus crímenes, «de los más atroces conocidos por la humanidad», según el juez que lo condenó, fue ratificada en 2021.
Falleció este 27 de agosto en La Haya, ciudad donde se encontraba recluido y hospitalizado. Hasta la fecha, las autoridades no han revelado las causas de su muerte. En Serbia aún hay pobladores que lo consideran un héroe. Su deceso no ha apagado los fantasmas del nacionalismo, cada vez más presente en los Balcanes y más allá de la región.
Politólogo por la Universidad Nacional Federico Villarreal, con diversos estudios y certificaciones de la Escuela Nacional de Administración Pública de Perú. Cuenta con más de diez años de experiencia laborando en entidades públicas como la Municipalidad de Miraflores, el Jurado Nacional de Elecciones, el Ministerio de Educación y la Embajada de Israel en Perú. Actualmente labora como Analista de actividades académicas en la Autoridad Nacional del Servicio Civil – SERVIR. Además es Internacionalista certificado por la Fundación Konrad Adenauer.



