Cuando las máquinas aprendan a trabajar, ¿qué tendremos que aprender nosotros?

Eje Global

La próxima revolución de la IA no será solamente tecnológica. Será laboral, intelectual y humana.

Imaginemos una mañana cualquiera de 2028. Antes de comenzar la jornada, un agente de inteligencia artificial ya revisó los correos, identificó prioridades, comparó información, preparó un informe y programó algunas tareas. Durante el día, otro analiza datos, propone alternativas y prepara un primer borrador. La persona no desaparece: supervisa, corrige, decide y asume la responsabilidad final.

No es ciencia ficción. La capacidad de la inteligencia artificial se está acelerando con modelos que alcanzan o superan niveles humanos en razonamiento y ciencia. Es la dirección hacia la que avanza la inteligencia artificial.

La diferencia fundamental es que estamos pasando de una IA que responde a una IA que puede actuar. Los agentes pueden recibir un objetivo, dividirlo en tareas, utilizar herramientas y ejecutar determinadas acciones. Sin embargo, su desarrollo aún es temprano. El AI Index 2026 de Stanford reporta avances importantes, pero también fallos frecuentes en tareas complejas.

En otras palabras: el futuro ya comenzó, pero todavía está aprendiendo a caminar.

Del empleo que conocemos al trabajo que tendremos que rediseñar

Una de las grandes preguntas es si la IA destruirá empleos. La evidencia invita a formular otra pregunta: ¿qué tareas cambiarán dentro de cada empleo?

La Organización Internacional del Trabajo estima que uno de cada cuatro trabajadores en el mundo está en una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa, pero considera que, en general, la transformación de los empleos es más probable que su desaparición completa.

El profesional del futuro podría dedicar menos tiempo a buscar información, organizar documentos o procesar datos y más a interpretar, decidir, negociar, crear y relacionarse.

El cambio no será necesariamente «humano contra máquina», sino humano con máquina frente a nuevas formas de trabajo.

La paradoja de nuestra inteligencia

Aquí aparece una cuestión más profunda: si delegamos en la IA tareas que antes exigían memoria, escritura, análisis o resolución de problemas, ¿qué ocurrirá con nuestras propias capacidades?

La IA puede aumentar la productividad, pero también existe evidencia emergente sobre posibles efectos negativos del uso excesivo en el aprendizaje y el desarrollo de habilidades. Esto plantea otra paradoja: una herramienta creada para ampliar nuestra capacidad intelectual podría, si la utilizamos sin criterio, reducir el esfuerzo intelectual que hacemos nosotros mismos.

No sería la primera vez que una tecnología transforma nuestras capacidades. La calculadora modificó nuestra relación con el cálculo; los buscadores, con la memoria; los teléfonos inteligentes, con la información.

La IA puede llevar esa transformación más lejos porque no solamente encuentra información: genera, interpreta y propone.

De la tecnología que usamos a la tecnología que necesitamos

La historia ofrece una perspectiva útil. Pasamos del ábaco y los instrumentos mecánicos de cálculo a las calculadoras electrónicas y después a las computadoras. En la escritura, la máquina de escribir mecánica dio paso a la eléctrica, al procesador de textos y, finalmente, a la computadora personal.

La música ofrece otra transformación extraordinaria: del fonógrafo al disco, del casete al Walkman, del CD al MP3 y, posteriormente, al streaming. Tecnologías que alguna vez parecieron revolucionarias terminaron modificando nuestros hábitos hasta convertirse en parte de la vida cotidiana. La Biblioteca del Congreso y el Computer History Museum documentan buena parte de esta evolución.

La lección no es que toda tecnología deba aceptarse ni que todo avance sea necesariamente positivo. Es que, cuando una innovación ofrece nuevas posibilidades, las sociedades suelen adaptar sus hábitos a ella y, con el tiempo, lo extraordinario puede convertirse en indispensable.

Eso hace particularmente relevante el caso de la IA. No estamos incorporando solamente una nueva herramienta: estamos incorporando sistemas capaces de participar en actividades que hasta hace poco considerábamos esencialmente cognitivas: escribir, investigar, analizar, traducir, programar y proponer soluciones.

Probablemente no podremos detener el avance de la IA, pero sí podemos decidir cómo queremos integrarla y qué límites consideramos necesarios.

Las dos caras de una misma tecnología

La inteligencia artificial puede aumentar la productividad, analizar grandes volúmenes de información, automatizar tareas repetitivas, apoyar la creatividad y ampliar las capacidades de profesionales y organizaciones. Al mismo tiempo, plantea retos relacionados con errores, sesgos, privacidad, seguridad, transformación laboral y dependencia excesiva de sistemas automatizados.

Su impacto, por tanto, no será positivo ni negativo por sí mismo: dependerá de cómo se diseñe, supervise y utilice, y de la capacidad de las personas para conservar el criterio humano en las decisiones relevantes.

Las capacidades humanas cambian de valor

El avance de la IA no vuelve inútiles las capacidades humanas. La OCDE señala que solo una pequeña proporción de trabajadores necesitará habilidades avanzadas y específicas de IA; para la mayoría serán importantes la capacidad de interpretar información y datos, resolver problemas, crear e innovar.

El World Economic Forum también identifica, hacia 2030, competencias como pensamiento analítico y creativo, resiliencia, flexibilidad, curiosidad y aprendizaje permanente.

El trabajador del futuro no necesariamente será quien más sepa de inteligencia artificial, sino quien mejor sepa combinarla con inteligencia humana.

¿Qué podemos esperar hacia 2028?

Probablemente veremos agentes más integrados en los procesos empresariales, profesionales trabajando con sistemas especializados y organizaciones rediseñando puestos alrededor de la colaboración entre personas y máquinas. También crecerá la necesidad de supervisar su calidad, seguridad, privacidad y consecuencias.

Pero habrá límites. Los agentes actuales todavía presentan fallos en tareas complejas; completar una tarea en un entorno controlado no significa poder actuar de manera autónoma y fiable en el mundo real.

Por eso, 2028 no debería imaginarse como el año en que las máquinas «tomarán el control», sino como una etapa en la que aprenderemos qué procesos podemos delegar y cuáles necesitan necesariamente criterio humano.

La verdadera pregunta

Quizá hemos concentrado demasiado la conversación en «¿qué podrá hacer la IA?».

La pregunta más importante es:

«¿Qué queremos seguir haciendo nosotros?».

El valor humano se desplaza hacia aquello que requiere contexto, juicio, responsabilidad, empatía, imaginación y capacidad para decidir qué merece hacerse.

La revolución de la IA no consistirá únicamente en crear máquinas cada vez más inteligentes.

Consistirá en aprender a convivir con ellas sin dejar de ejercitar nuestra propia inteligencia.

Porque si la IA puede hacer cada vez más cosas por nosotros, nuestra ventaja más importante podría ser precisamente aquello que ninguna tecnología debería hacer por nosotros: pensar, cuestionar, elegir y asumir la responsabilidad de nuestras decisiones.

Margarita Gaspar Cabrera
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Licenciada en Derecho con Maestría en Transparencia y Protección de Datos por la Universidad de Guadalajara. Con una sólida trayectoria en el ámbito gubernamental, especializada en administración pública, legislación administrativa, compras gubernamentales, transparencia y proyectos estratégicos, a lo largo de mi carrera he demostrado una gran capacidad en la gestión pública, brindando asesoría en normatividad y políticas administrativas, así como en la optimización de procesos en el sector público.